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Las cuatro mentiras sobre la comida que has creído toda la vida y que dañan tu salud

septiembre 17, 2020


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En un momento en el que hay más información nutricional que nunca, comer sano puede resultar más complicado de lo que parece. ¿Cómo es posible? Por un lado, la investigación científica no deja de sacar nuevas conclusiones y es complicado estar a la última sobre lo que debemos comer. A esto se suma los consejos nutricionales que se difunden aquí y allá y que resultan basarse en falsas creencias. Por ejemplo, ¿quién no ha escuchado alguna vez que hay que beber dos litros de agua al día para tener buena salud, que las aceitunas engordan o que un zumo de naranja natural es sanísimo? Pues bien, estas ideas no son ciertas y como estas hay otras muchas que pueden llegar a perjudicar la salud. A continuación algunas más:

1. Comer muchos huevos es malo 

Una de estas creencias erróneas difundidas hasta la saciedad es que los huevos aumentan el colesterol. Muchas personas aún piensan que hay que restringir el consumo a dos o tres a la semana porque tienen un alto contenido de colesterol y pueden aumentar el riesgo de sufrir una enfermedad cardíaca. Pero hace tiempo que la evidencia científica desterró esta idea. Según explicó EL ESPAÑOL en este artículo, un metaanálisis publicado en 2018 en la revista European Journal of Nutrition concluyó que es posible comer siete o más huevos a la semana, siempre en el caso de personas sanas, sin que haya un mayor riesgo de mortalidad o enfermedad cardiovascular. Años antes otros estudios confirmaron esta misma idea. 

El huevo es un alimento que tiene un gran cantidad de colesterol pero que no influye en los niveles de colesterol malo en sangre. «Los huevos tienen alto contenido de colesterol, pero el efecto en sangre es mínimo si se compara con el efecto de grasas trans y saturadas«, según explica Francisco López-Jiménez, médico especialista en Cardiología de la Clínica Mayo. Este alimento además es rico en proteínas de alta calidad, grasas saludables, vitaminas, minerales y todos los aminoácidos esenciales. Además tienen una puntuación alta en saciedad.

2. Los aceites de semillas son saludables

Esa afirmación de que los aceites de semillas son saludables no es del todo cierta, según los nutricionistas. Entonces, ¿de dónde sale esta idea? Por un lado está el hecho de que los aceites de semillas, como el de girasol, son ricos en ácidos grasos poliinsaturados, unas grasas que los estudios científicos han demostrado que reducen el riesgo de sufrir enfermedades cardíacas. Así, hay muchos que piensan que los aceites de semillas son buenos para la salud. Pero la cosa no es tan sencilla. 

Es importante señalar que entre las grasas instauradas (las llamadas grasas buenas o saludables) se diferencian dos tipos, las monoinsaturadas (que contiene el aceite de oliva) y las polinsaturadas. Dentro de estas últimas se distinguen a su vez dos clases: los ácidos grasos omega 3, que se encuentran principalmente en el pescados azul, y los ácidos grasos omega 6, que se encuentran sobre todo en aceites vegetales como el de soja, el maíz, el cacahuete y el girasol. También se emplea mucho en alimentos procesados y en la industria alimentaria. «Los ácidos grasos omega-3 son los preferidos a la hora de proteger nuestra salud», explica a Infosalus la doctora Amalia Paniagua Ruiz, endocrina del Hospital Universitario Rey Juan Carlos de Madrid. 

A su juicio, lo importante no es tanto el omega-6 en sí, o la cantidad de omega-3, sino el equilibrio entre ambos. El problema en la actualidad es que se está haciendo un consumo muy bajo de omega-3.  «Este desequilibrio favorece la inflamación crónica, que es la base de que aparezca la epidemia de las enfermedades modernas, como son la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, la obesidad, y las enfermedades autoinmunes. Por eso es muy importante ingerir más omega-3 que omega-6», añade la experta. 

3. Todas las calorías son iguales

Algunas personas creen que si se quiere perder peso simplemente hay que crear un déficit de calorías. Pero eso no es así. Lo que se come es más importante que la cantidad de calorías que se ingieren. Por ejemplo, comer proteínas reducirá más el apetito que si se toma la misma cantidad de calorías que provengan de grasas y carbohidratos, ya que las proteínas tienen un alto índice de saciedad, lo que nos mantiene llenos.

«Los diferentes alimentos pasan por diferentes vías metabólicas en el cuerpo y los alimentos que comemos pueden afectar directamente las hormonas que regulan cuándo y cuánto comemos, así como la cantidad de calorías que quemamos», explica la nutricionista Rhiannon Lambert al diario inglés The Independent

Es más, es mucho más fácil comer en exceso o más difícil dejar de comer ciertos alimentos que otros. Por ejemplo, es mucho más sencillo acabar con 400 calorías de helado que con la misma cantidad de brócoli. Así, aunque las calorías son importantes, decir que es lo único que importa cuando se trata de perder peso es incorrecto. Dicho esto, los alimentos saciantes y saludables que ayudan a adelgazar son la patata hervida, los cereales integrales o las legumbres. También  las frutas, las verduras y las hortalizas.

4. Comer grasa engorda

En la década de 1970, se decidió que la grasa engordaba y los estantes de los supermercados se llenaron de productos bajos en grasa y sin grasa. Ahora, sin embargo, esta idea ha demostrado ser totalmente falsa. Y lo que es más, muchos productos bajos en grasa están cargados de azúcar para compensar la falta de sabor de la grasa, por lo que no son nada recomendables ni para adelgazar ni para la salud. 

Como ya explicó EL ESPAÑOL en este artículo, ni todas las grasas son malas ni hay que eliminar por completo su consumo cuando se quiere adelgazar. Hay grasas que son esenciales en nuestra alimentación diaria, como las que contiene el aceite de oliva o los frutos secos, que ofrecen grandes beneficios para la salud en general y, en especial, para la salud cardiovascular. Sí que hay que desterrar las grasas trans, que están sobre todo en la pastelería, bollería industrial, en alimentos precocinados y en los fritos. Su consumo aumentan el colesterol malo, disminuyen el bueno y aumentan el riesgo de enfermedades del corazón.



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